La sonrisa de la canallada

 

Hace ya más de un año en que empecé a escribir para El Ribagorzano, pero todavía me siento frente a mi ordenador con las mismas ganas y la ilusión que el primer día.  Gracias a todos aquellos que trimestre tras trimestre leéis mis artículos y por vuestras palabras de ánimo y reconocimiento mientras camino por la incierta y escabrosa senda de la producción literaria.

 

En esta Lengua Viperina quiero retomar la crítica de España que hice en un número precedente.  “¿Ha muerto la inteligencia?” fue el primer artículo periodístico que escribí y no puedo evitar emocionarme al releer esas líneas llenas de verdades y sentimientos agridulces.  Más de un año ha pasado desde que lo escribí (allá por las vueltas de octubre de 2007) y, sin embargo, la situación no ha mejorado precisamente.

 

La decadencia cultural, social y moral sigue siendo en España el caldo de cultivo de gentes de la baja más estofa. Cuando nuestros propios errores se vuelven contra nosotros es más sencillo apartar la vista y hacer como que no pasa nada.  Es más sencillo esconder la porquería debajo de la alfombra que molestarse en barrerla como es debido. ¿Por qué reconocerlo, si podemos tirar la piedra y esconder la mano?.

 

Al fin y al cabo, ¿ha descendido el consumo de drogas entre los jóvenes?

 

NO

 

¿hemos conseguido que nuestros estudiantes tengan un formación más completa y de calidad?

 

NO

 (estudiantes universitarios no saben quien fue Francisco Franco)

 

¿se ha conseguido tomar medidas de cierta eficacia contra el pelotazo inmobiliario y el acceso de los jóvenes a la primera vivienda?

 

NO

(salarios mínimos e hipotecas que quedan de herencia para los hijos)

 

¿se ha conseguido desarrollar y reforzar la economía?

 

Ya se imaginan la evidente respuesta…

 

 

A día de hoy, hay jóvenes con los que sólo puedes conversar acerca de :

 

sexo

 

drogas

 

mujeres

 

En muchos casos, incluso con estudiantes universitarios, resulta inviable mantener una conversación mínimamente coherente sin que el tema derive a derroteros poco agradables e instructivos. Muchos jóvenes, en nuestros días, huyen de la cultura como de la peste negra. Hombres como el honorable Francisco Salamero, que han alcanzado los más admirables rangos en su disciplina médica y sin embargo gozan de una insaciable curiosidad e inquietud por los temas humanísticos serán, en apenas unas pocas generaciones, el dulce vestigio de una época dorada en que el respeto mutuo y la colaboración eran todavía posibles entre humanistas y científicos. La escisión en estos tiempos es prácticamente irreparable.

 

 

 

Con la chapucería final que supuso la LOGSE, las futuras generaciones de españoles dejan atrás sus estudios de educación secundaria sin haber recibido una mínima formación cultural y preparatoria para los desafíos que les deparará el día a día.  Y, con la puñalada trapera que supuso la PAU, popularmente conocida como “selectividad”, se acabó de rematar a la educación en España, encorsetando el temario de las distintas modalidades de Bachillerato para orientarlo de cara a un único fin: aprobar un examen, tirando por la borda cualquier opción de dar a los alumnos una formación diversificada y completa.

 

Y a lo que todo esto nos lleva es al mutuo desprecio entre estas distintas ramas: los científicos consideran que los humanistas son unos vagos, que se consagran a estudios excesivamente fáciles y de probada inutilidad mientras que el punto de vista de los humanistas es la consideración de los científicos como personas de mente cerril, desinteresados de cualquier cosa que no pertenezca a su disciplina.  Lamentable, pero no por ello menos cierto.  Y para forro bota: fracaso escolar y violencia en las aulas.   Dado que el futuro de un país ha de fundamentarse en los pilares de una educación sólida y de calidad, la situación no se presenta excesivamente halagüeña, en tanto en cuanto otros países europeos siguen pisándonos el cuello en estos campos. Y así seguimos nosotros, debatiéndonos en la asfixia, pero sin tomar medidas para salir a flote.

 

Por otro lado, la calidad de la televisión, especialmente la programación infantil, ha caído sin remedio en los últimos años. Violencia, sexo, prostitución, tráfico de drogas, conflictos sociales, terrorismo, sangre y más sangre que se traduce en morbo y más morbo, en audiencia para las cadenas. Esto es lo que nos venden en los programas de televisión, eso, cuando no optan por airear los trapos sucios de tal o cual famosillo sin más mérito en la vida que ser hijo de tal o cual individuo o de haberse metido en bello escándalo con cualquiera de las escorias andantes que pululan por los programas del corazón. Y luego aún tienen en maldito coraje de llamar a eso “periodismo”, de hacerse llamar “profesionales de la información”. Pero, tristemente, es lo que gusta y vende al  80% de la sociedad,  que prefiere olisquear la mierda en el trasero del vecino antes que molestarse en limpiar la suya propia.  Menos leer el “Hola”, el “Qué me dices” y más ensayo, poesía y novela.

 

 

Luego, cuando llega la Navidad, se desata la hecatombe final: anuncios, anuncios y más anuncios de “nenucos” y “chow-chow” que se orinan, se enferman, vomitan e incluso hablan (a este paso, no tendremos ni que procrear), de muñecas a las que peinar, maquillar y vestir con los mil y un modelitos habidos y por haber, de soldados con todo su arsenal de guerra y coches que hacen la mil y una virguerías…, y así día tras día durante toda la Navidad…, arrastrando a los niñ@s al materialismo y a la alienación social: los chicos al ejército y las chicas en casa con la pata quebrada cuidando de los niños (o peor, reduciéndolas a seres absurdamente estúpidos que no piensan más que en comprarse ropa y salir con el maromo más guapo del campus). ¡Viva la paridad!.  Si pretenden cambiar la sociedad, nuestros políticos deberían echar una mirada de vez en cuando a las nuevas generaciones, para que las semillas de una sociedad igualitaria,

con una educación sólida y comprometida con su país no florezcan en un terreno agreste y estéril.

 

 

 

“Habla con aquellos que saben más que tú, pero también con los que saben menos,

pues de todos algo puede aprender y a todos algo puedes enseñar”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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