Hijos de la Incomunicación

 

El Mp3, el móvil, el busca … ese maldito cacharrito, ese aparatejo electrónico, esa pequeña maldición de los tiempos modernos…

 

A día de hoy, casi todo el mundo tiene un Mp3 o algún cachivache de igual índole, ya sea para escuchar música, ver vídeos, navegar por Internet… haciendo un uso incontrolado e irracional de una máquina cuyos daños en la sociedad moderna son perceptibles para cualquiera que se tome la molestia de sentarse un instante a reflexionar sobre los pros y contras que se derivan de su uso.

 

Es cierto y bien evidente, que los avances en el campo de la electrónica y las telecomunicaciones han traído un sinnúmero de comodidades para el público usuario (absurdo sería decir lo contrario) ya que ahora los teléfonos móviles tienen más funciones que una navaja suiza (cámara de fotos y vídeo, explorador de internet, video llamada…), vaya, que el día que incluyan una escopeta recortada van a ver lo que nos vamos a reír todos…. pero, bromas aparte, ¿realmente necesitamos tal cantidad de pijadas?, ¿en serio no podemos esperar a llegar a casa o a un ciber-café para conectarnos a Internet o para revisar nuestro correo electrónico?, ¿realmente queremos ser tan esclavos de una condenada máquina?; porque veamos, nadie se va a morir por no poder escuchar su música favorita mientras da un paseo (o quizá haya alguien que sí…) o lo que es peor, mientras lee una revista o un libro en la biblioteca ,pues hay gente que incluso AHÍ tiene que estar con los condenados auriculares (“cascos” para los de la LOGSE) enganchados a las orejas, sin contar con que, primeramente, es un riesgo para la salud bien evidente (provocando daños irreversibles en el oído por la exposición prolongada y directa al sonido día tras día) y un riesgo para el propio usuario en tanto que reduce la capacidad de percepción de los sonidos que le rodean y que supone una disminución de la atención y la capacidad de concentración, lo cual, en una localidad como Graus no supone un riesgo excesivo, pero, ¿qué pasa si se sigue la misma conducta en una gran ciudad como Zaragoza o Barcelona?.

 

Y esto no es lo peor, puesto que antes, cualquier excusa era buena para iniciar una conversación con quien fuera, ya fuere en un viaje de tren, de autobús, mientras esperas el metro en la parada o simplemente dando un paseo por el parque. Ahora, ¿cómo dirigirle la palabra a alguien que va más “cableado” que una especie de “robocop”, entre el móvil, el ordenador portátil, el ipod, el Mp3, el busca, la agenda electrónica… ?. Al fin y al cabo, ¿qué necesidad hay de compartir impresiones con otra persona, o pura y simplemente, detenerse unos minutos en una agradable conversación aunque sea  sobre el más chabacano de los temas, si puedo destrozarme los oídos con una música que ya tengo más que oída y que puedo escuchar en cualquier otra ocasión?.

 

 

 

Escritor, ¿quién te dice que ese hombre que pasea sumiso en sus pensamientos entre los árboles despojados de sus hojas en el parque no es el editor que está esperando tener tu novela entre sus manos?, ¿quién puede aseverar que ese joven estudiante de medicina que se sienta frente a ti en el metro y que ahora relee unos apuntes garrapateados a mano no es quien encontrará la cura contra el cáncer en un futuro quizá no tan lejano?, ¿no puede ser acaso ese dama con traje de ejecutivo la media naranja con la que has de compartir el resto de tu vida?, si esto es posible,  ¿por qué no intercambiar entonces unas palabras gentiles con quienes cada día te rodean y sin embargo apenas nada sabes de ellos?, ¿cuántas veces no te ha sucedido, querido lector, que de aquellos a quienes llamas tus amigos apenas sabes nada más que un nombre, un número de móvil y la combinación de cubalibre que prefiere cuando salís de fiesta en la noche del sábado? Y sin embargo, unos avances que deberían mejorar la comunicación, no hacen sino levantar invisibles y silenciosas murallas entorno a los individuos, en un callado mensaje de “déjame en paz, estoy en mi mundo de cristal y paso de ti”.

 

De este modo, los seres humanos caemos en un pozo de introversión, tendemos a replegarnos como cangrejos ermitaños en la seguridad de la sombra de nuestra concha, puesto que ya no queremos arriesgarnos a abrirnos a un mundo que tanto puede aportarnos. Guardamos silencio, porque ya nos hemos quedado sin conversación, porque ya hemos perdido la voz, porque ya no somos capaces de comunicarnos si no hay un aparato de por medio.  De hecho, al término de una conversación telefónica, al final de un SMS o de un e-mail , todo el mundo se abraza y se besa, pero, ¡ah amigo!, cuando se encuentran en la realidad, guardan las distancias. ¿Cómo se entiende esto?.

¿Tan cobardes y frígidos nos hemos vuelto?, ¿por qué si dos hombres o dos mujeres se abrazan se les cuelga el letrero de “mariquitas” casi al instante? A este paso, no está tan lejano el día que se invente el coito virtual…

 

 

 

 

“Haz algo bueno hoy: sonríe a la persona que tienes al lado”

 

 

tiraecol-2861

 

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Una respuesta a Hijos de la Incomunicación

  1. josemibiel dijo:

    Éstas y otras bestialidades en:

    http://www.tiraecol.net

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