entre el humo del tabaco

El ruido de los trenes, de los viandantes con sus equipajes inunda el ambiente de la estación. Los gritos de la vendedora de los cupones de la once, de los niños cargados con bolsas de gominolas, que, sentados en los exiguos bancos de metal junto a sus madres, aguardan la llega de los autobuses en las dársenas, manchadas de aceite y del hollín de los tubos de escape, mientras, tras las cristaleras, continúa la incesante profanación de las obras, mientras las excavadoras arrancan mordiscos de tierra, acompasadas por los gritos de los obreros.

Y allí aguardo el paso de las horas, en el ambiente gris e industrial, encarcelado de cemento y hierro, en que el destino y el progreso nos ha condenado a vivir. Lejos quedan los años felices de infancia en el pueblo, en que todavía gozaba de la dicha de poder corretear por los trigales, preñados de áureo grano, en que todavía podía gozar del aroma de los almendros en flor, y del dulce milagro de la vida naciente en el seno de una exigua cabaña de ganado.

Parece que fuera ayer cuando tuve que dejar la quietud de estas tierras para seguir los dictados de la obvia resignación que nos lleva a un no deseado desarraigo, mas sabiendo que es la senda de espinas que conduce a un futuro mejor, o al menos, con tal esperanza vine a dar con mis huesos a esta tierra ajena, desconocida, calladamente hostil a mi naturaleza.

Parece que fuera ayer cuando escribí aquellos versos, en que rendía un último y sencillo tributo a la tierra que me había amamantado durante 18 largos años, antes de abandonarme a los brazos de una nueva madrastra, de una madre fría, postiza, inútil.

Mas aquí me hallo, en la cafetería de una malhadada estación, bebiendo un café con regusto a cicuta, con las gafas de gastada montura caídas en peligroso equilibrio sobre el puente de la nariz, sin más compañía que el pestilente humo de un cigarrillo a medio fumar, ya casi colilla, sujeto entre los labios, y el murmullo de los parroquianos sentados a la barra, mientras mis manos danzan sobre una manoseada libreta, en la que los primeros trazos de una nueva obra empezaban a insinuarse. Un proyecto ambicioso, una opera prima compuesta de retazos de ilusiones, de pesares y alegrías, de las vivencias que un bohemio fumador y demasiado aficionado al whisky, cuyas facciones de adolescente han quedado embozadas bajo una barba que lleva varias jornadas si rasurarse.

Jacobino de fluido verbo, un cordero con pellejo de lobo, un bohemio encerrado en el cuerpo de un burgués… palabras, sólo palabras, pronunciadas por hombres de bien, para definir una masa de ochenta y seis kilos de carne blanda y blanco hueso, sobre los cuales se aposenta una mente soñadora en la que un pequeño Nerón prende hogueras en su Roma particular.

Ese era yo, una parodia barata de ser humano, un ente vapuleado por la vida y el vicio, un poeta maldito convertido a la misoginia. En un sociedad corrupta de pornografía, machismo, homosexualidad y sexo express, en que el amor y el sexo devienen realidades inconexas, ¿qué lugar queda para los viejos románticos?. Hace mucho que murieron los últimos trovadores…. pero quien escribe estas líneas es el último de una especie extinta. Los vanos placeres de carne me habían llevado a pelear contra mi propia naturaleza, a convertirme en un chapero de discoteca, abandonado al alcohol y a la fornicación por el placer.

Pero cuando un hombre trata de rebelarse contra su misma naturaleza, de abandonar la razón en pro de la concuspiciencia, de orinarse sin el más mínimo pudor en el vetusto pedestal de la decencia y la moral, el resultado no suele ser otro que terminar hundiéndose todavía más en el fango de la falta de autodeterminación.

Ese era yo, un remedo de intelectual de segunda, un filósofo de estar por casa, un romancero en un tiempo que no le corresponde.

Y ahora, en que los hedores de tan cacareado “Plan Bolonia” empiezan a dejarse sentir en la piel de toro, se tambalean los cimientos del que fuera uno de los últimos refugios que me restaran: la universidad, una hermana bastarda que junto a mis “viperinadas” y el alcohol bien me servía para escaparme de una sociedad que me arrastra a la náusea y que me aportaba el coraje para seguir aferrado a unos valores en esporádica crisis, como si fueran la última tabla de salvación para no ser arrollado por la fuerza del rebaño en estampida.

En una sociedad en la que los humanistas son vistos, por norma general, como parásitos chupones de las arcas públicas, destinados al engrose de las colas del INAEM , con Bolonia nos dan la estocada final a quienes defendemos aquello que da sentido a la vida de los hombres, y que evita que estos terminen convertidos en vulgares robots mecanizados, programados por la rutina y un salario mileurista. Pero, mal rayo me parta, pronto ni eso me quedará.

Escribía en un anterior artículo, que hombres como el ilustre Francisco Salamero, que concilian ciencia y humanismo en una simbiosis perfecta, serían a no mucho tardar, recuerdos de un pasado prestigioso en que tal conciliación era aún posible. Lo que en su momento fue agorera predicción se torna hoy amarga certeza, si nadie lo remedia.

“La Lengua Viperina” intenta ser una fortificación de tinta y papel, escrita con bilis y salpimentada de ironía y sarcasmo, y cuando no, una pizca de humor. Si embargo ahora, mientras observo desvanecerse el humo de un nuevo cigarrillo, que deja rescoldos renegridos sobre las hojas de mi libreta antes de ser barridos por la mano, no puedo evitar cuestionarme si algún día las utopías y filosofadas de este joven aspirante a filólogo llegaran algún día a aportar un poquito de cordura a este mundo de locos en el que nos toca vivir. Más aquí me hallo, robándole tiempo al tiempo, para tomar mi dosis de veneno y antídoto al mismo tiempo, para gozo y provecho de mis lectores.

NOTA A LOS LECTORES: el personaje del presente artículo responde a un visión distorsionada del propio autor, creada únicamente con fines literarios, y de uso recurrente en sus obras; no así los pensamientos y sentimientos que aquí se expresan, que sí forman parte de la realidad de cada día de su autor.

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2 respuestas a entre el humo del tabaco

  1. Andreea dijo:

    Me gusta como te pasas de un ambiente totalmente en movimiento a lo estático, a los recuerdos.
    Un personaje interesante al que tú le das un toque ordinario. A esto se le llama modestia.
    Una definición bien perimétrica de la situación actual.
    Como tú has dicho: sólo palabras, pero palabras que valen la pena.

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