El machismo del lenguaje

LA LENGUA VIPERINA: EL MACHISMO DEL LENGUAJE

José Miguel Biel Buil

Estimados lectores, os cito a continuación un artículo de Juan Manuel de Prada que fue objeto de discusión durante una clase de lingüística general de la Universidad de Zaragoza y texto de examen en la pasada prueba de selectividad:

La Presidenta de la Plataforma Andaluza de Apoyo al Lobby Europeo de Mujeres exigió hace unos días que la Real Academia Española incluya en el diccionario las palabras “miembra” y “jóvena”.
Esta señora acusa al latín de originar buena parte de los males que afligen a las mujeres en España.
El latín es machista y culpable, sostiene apuntando con índice acusador. El español actual viene, según ella, de una lengua forjada en una época en que las mujeres eran tratadas como esclavas y eran los hombres los que decidían y concentraban todo el poder. Lo curioso es que, a continuación, la presidenta admite que ni sabe latín ni maldita falta que le hace.

Lo más estupendo y moderno es la conclusión de la Plataforma citada: hace falta una represión “a través de inspecciones sancionadoras” de quienes no ajusten su lenguaje a la cosa paritaria. O sea: para que España se sienta menos machista, cada vez que yo me siento a teclear esta página, por ejemplo, debería tener a un inspector del lenguaje sexista sentado a la chepa, dándome severas collejas, cada vez que escriba “la señora juez” en vez de “señora jueza”, o me haga pagar una multa si no escribo novelas paritariamente correctas.

Y sobre todo, el latín. Ahí está, sí, según la Plataforma Andaluza de Apoyo al Lobby Europeo de Mujeres, la fuente de todos los males. Porque cada vez que a una mujer la despiden del trabajo en Manila por estar embarazada, la culpa es del latín. Cada vez que una mujer taxista le grita a otra conductora: “mujer tenías que ser”, la culpa es del latín. Cada vez que un canalla acosa o viola a su empleada en San Petesburgo, la culpa es del latín. Cada vez que un marido llega a casa borracho, en Yakarta, y golpea a su mujer, la culpa es del latín. Si los académicos no hubieran estudiado latín, la Real Academia Española estaría llena de “miembras”, y el diccionario hubiera acogido a las “jóvenas”. Y a las imbéciles, con mucha propiedad, las llamaríamos imbécilas.

Leyendo este artículo, uno se debate entre la risa y la depresión. Risa por tener que oír tales sandeces, que resultan un insulto a oídos de cualquiera con dos dedos de frente, y depresión por darnos cuenta de lo frívolas y desinformadas que se han tornado las discusiones hoy en día.

De entrada, el nombre ya tira para atrás (Plataforma Andaluza de Apoyo al Lobby Europeo de Mujeres), desde luego, hay gente con mucho tiempo libre que desperdiciar, en vista de que existen este tipo de organizaciones, que para forro bota, se atreven a atacar a la Real Academia Española con unas peticiones carentes de fundamento y totalmente desinformadas.

Lo que es más grave, la susodicha presidenta se atreve a decir que el latín es machista (cosa del todo insustancial, dado que una lengua no puede en el sentido estricto de la palabra ser machista). Las lenguas no son otra cosa que el espejo de una realidad social, cultural, literaria y política, la cual se expresa mediante unos procesos fonéticos, gramaticales, semánticos y léxicos determinados por cada lengua.

Es del todo evidente que la sociedad, y en especial la clase dirigente en la antigua Roma y en las distintas provincias del imperio, estaba estrictamente reservada a los hombres (al margen de lo que las esposas de los dirigentes pudieran hacer en la sombra), pero de ahí a cargar con las culpas del machismo reinante en las última décadas al latín es prueba de una ignorancia supina.

A lo cual se añade el detalle de que la fémina en cuestión afirma no saber nada del latín y “ni falta que la hace”. ¿Cómo culpar entonces a una lengua de la que no se tiene conocimiento alguno de algo que no la concierne ni por lo más mínimo?. Bonita excusa sería cargar con los problemas de la sociedad moderna a Catón y a Séneca.

A esto se añade el tema de la paridad, que se torna ya poco menos que un cachondeo por parte de clase dirigente, viéndonos los filólogos ya consagrados y otros en ciernes a escuchar salvajadas del calibre de las que suelta nuestra querida ministra de igualdad, Bibiana Aído:

“Los miembros y miembras de esta cámara…”

Tales coces al DRAE muestran la falta de formación lingüística de nuestros gobernantes, quienes, en teoría, deberían ser un modelo se corrección y cuidado verbo. En verdad, de lenguas vivas es obvio que no entienden gota, pero las matemáticas las llevan como nadie, porque nunca se equivocan a la hora de subirse los sueldos ni de escamotear unos euros de los presupuestos, como quien no quiere la cosa.

Además, la susodicha presidenta afirma la necesidad de que haya “inspecciones sancionadoras” (¿más chupatintas inútiles a cargo del contribuyente, y más censura y represión?).

Este tipo de reacciones, si bien son en cierta medida comprensibles, caen con frecuencia en una extralimitación del victimismo. Nunca los extremos son buenos, en ninguno de los aspectos que rigen la vida de los seres humanos. Del mismo modo que el machismo no resulta en absoluto positivo para la sociedad en su conjunto, no lo es menos un feminismo exacerbado que no nos lleva a ninguna parte.

Que la mujer se ha visto sometida al hombre durante siglos es algo obvio y que se ha visto durante mucho tiempo sometida a una situación cercana a la esclavitud, es algo que ya he denunciado en otros artículos (y aquí les remito a mi blog: josemibiel.wordpress.com, en el cual pueden encontrarse los diferentes artículos escritos hasta la fecha para “El Ribagorzano”, bajo el título de “La Lengua Viperina”; y quien después de leer el conjunto de mis artículos todavía pueda acusarme de machismo, estaré encantado de discutirlo con él ante de una buena taza de café) y que por desgracia en muchos ámbitos esto sigue siendo así.

Igual que se ha producido en otros aspectos de la vida social (el destape y el día del orgullo gay después de la represión franquista, por poner un ejemplo) esta exaltación de los opuestos es, como ya he dicho antes, comprensible, pero no por ello necesariamente conveniente.

Esto se ve reflejado en el hecho de que al presidente Zapatero se le colgara el cartel de “feminista” cuando presentó a su equipo de gobierno, en el cual presenta el mismo número de hombres que mujeres. Lo cual me parece perfecto, en la suposición de que esas personas son realmente las más adecuadas dentro de los militantes del PSOE para dirigir la política española. Si se sacrificó la idoneidad para los cargos a un criterio paritario, desde luego, mal vamos. Si se sacrifica el mérito personal a una cuestión de sexo, mal vamos en España.

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