Decrecimiento

Desde hace tiempo se viene hablando de decrecimiento económico, pero a oídos de muchos no suena sino a cuentos de ecologistas y a promesas de brisas utópicas en un mundo cegado por el ansia capitalista. Triste vivir en un mundo contaminado, estresado, obsesionado por la misma espiral de crecimiento desaforado y a cualquier precio que lo encandena, lo asfixia y lo aspira sin remedio hasta su propia atodestrucción.

Nacemos para estar atados cual presidiarios a una enorme cadena global de marcoproducción en la que no somos más que simple eslabones fácilmente sustituibles. Asi´encontramos enormes compañías cuyos trabajadores se cuenta por cientos, cuando no por miles, y que en cuanto el obeso nivel de vida de sus mandamases ve temblar sus frágiles cimientos no dudan en realizar despidos “a dedo” en una abultada lista de empleados a los cuales en su mayoría ni tan siquiera han visto la cara jamás, anteponiendo la satifacción de su propia concuspiciencia desata al bien de una amplia mayoría de seres humanos cuya única preocupación es poder llegar “tiente no te caigas” a final de mes con una nómina que invitan a llanto.

Ésta dependencia mutua es uno de los lados feos de nuestro sistema económica. Cientos de personas dependen de una sóla para poder pagar sus facturas, su astronómica hipoteca de un piso minúsculo, para mantener a unos críos forjado en el vicio y consumismo elevados a la máxima potencia; los cuales a su vez dependen de toda una legión de proveedores y peces gordos de variado pelaje y calaña, entre los cuales hay toda una red de transportistas e intermediarios entre otros chupópteros.

Durante el pasado festival de Nocte, la artista Nadine O’Garra hablaba en su monólogo de un futón japonés, elaborado en China, distribuido por una cadena de muebles sueca (la archiconocida IKEA) y adquirido en España. La pregunta del millón es: ¿tan inútiles somos los españoles que no sabes producir nuestros propios muebles?, ¿realmente es necesario que unos tomates hagan cientos de kilómetros antes de llegar a nuestra mesa?

Si tenemos en cuenta los riesgos del transporte, los gastos, el impacto medioambiental y económico…. ¿no sería mejor pensar en una forma alternativa de hacer las cosas, menos globaliza, más humana?. Esta forma de vida no obliga a perseguir cual asnos la zanahoria podrida de un falso progreso y de un crecimiento económico a costa de destrozar y saquear los recursos del planeta a un ritmo desenfrenado que no puede derivar en otra cosa que no sea la destrucción del planeta y con ella de la propia humanidad.

Necesitamos innovar, necesitamos crecer constantemente de forma mecanizada y estresante. Hemos dejado de trabajar para vivir, ahora vivimos para trabajar, para poder comprar una casa más grande, un coche más potente y mantener a una novia más guapa que la del vecino. En otro tiempo se vivía con mucho menos, pero sin embargo muchos ya no pueden vivir sin su móvil, sin un ordenador con internet, sin coche, sin una temperatura de 21 grados en casa en pleno mes de agosto, en un tren de vida que daña al mundo a pasos agigantados, que nos hace menos humanos y más débiles, más dependientes de nuestra propia creación. Si en otro tiempo se vivió feliz y dignamente sin eso, ¿por qué crear unas necesidades ajenas a nosotros mismos? ¿Por qué concentrar centenares de chinos en una fábrica en unas condiciones que poco se alejan de la esclavitud para producir unas zapatillas que luego se venden en medio mundo cuando puede haber zapateros? ¿Por qué producir millones de coches anualmente que no son sino máquinas de muerte que dejan cientos de almas en la carreteras año si año también? ¿Para qué construir explotaciones agrícolas de miles de cabezas pudiendo haber explotaciones familiares más pequeñas?.

Esta es la dolorosa realidad, pero mientras un puñado de oligarcas podridos de dinero sean los que controlen el 80 % de los recursos del planeta, y por extesion, de su sistema económico, poca cosa se puede hacer. Sin embargo, por algo se ha de empezar, aunque sean solo las palabras de un joven ideólogo.

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