Ciber ¿vida?

La creciente incomunicación en la sociedad actual es un tema que ya abordé hace un tiempo en el artículo Hijos de la Incomunicación , denunciando el uso abusivo de una serie de elementos tecnológicos cuyo objetivo (teóricamente) es acortar distancias y facilitar la comunicación entre las personas, si bien por otra parte el resultado parece ser bien distinto, dependiendo de con qué lente miremos la cuestión.

Hasta la fecha había pasado por alto el tema de las redes sociales como Facebook, Tuenti, o Imvu y su papel en la comunicación e impacto en la sociedad actual, pero un hecho reciente relacionado con una persona para mi muy querida ha sido el detonante de esta nueva viperinada.

El uso (que no el abuso) de estas redes sociales (ente cuyos usuarios me cuento) ha abierto una nueva vía en el mundo de la publicidad con la creación de perfiles públicos de empresas, trabajadores autónomos, organizaciones culturales y asociaciones varias, entre los cuales cabe destacar los perfiles públicos de Cultura Graus, Espacio Pirineos, Rondalla Francisco Parra y el de La Lengua Viperina por poner algunos ejemplos, permitiendo que el fomento y el libre conocimiento de tales actividades lleguen a cualquier persona en un tiempo record y con una inversión mínima de recursos.

Hasta aqui llega el principal factor positivo de éstas redes sociales, al cual cabría añadir su rol de elemento de intercambio cultural, permitiendo la libre comunicación entre usuarios de todo el mundo, siendo del mismo modo un excelente mecanismo para la puesta en práctica del conocimiento de lenguas extranjeras en un contexto de comunicación de nativo a nativo, favoreciendo el enriquencimiento lexical de los usuarios en el ámbito de la lengua extranjera y entablar conocimiento acerca de otro contexto sociocultural.

La cara fea de estas redes sociales radica en su enorme poder adictivo, llegando a provocar que los usuarios desatiendan sus obligaciones académicas, profesionales o personales, lo cual deriva en una bajada del rendimiento laboral y académico y en un empobrecimiento de las relaciones personales cara a cara.

Sobre éste último aspecto, pude leer hace ya un cierto tiempo en el periódico gratuito 20 minutos un artículo en el que su autor citaba una serie de casos verdaderamente inquietantes acerca de la red social Facebook, referentes a la adicción que muchos de sus usuarios demostraban por los juegos que la plataforma social ofrece gratuitamente. Entre ellos, uno de los más populares, denominado Farmville consiste en el cuidado, a golpe de teclado y ratón, de una granja virtual que pondría los pelos como escarpias a cualquier miembro del sector agroganadero por lo falso, utópico y desinformado de la imagen que ésta da del sector. Los casos de trabajadores y estudiantes que desatienden sus obligaciones por estar a cada instante en el ordenador recoletando sus fresas u ordeñando sus virtuales vacas se multiplican como las setas en otoño.

Otro detalle “gracioso” (créanme, me río por no llorar….) de estas redes sociales es el uso indebido y banalizado del término amigo. Encontramos así casos de personas en cuyos perfiles aparecen unos 200 o 300 “amigos”, a cuya mayoría por lo general no conocen en absoluto, con un gran número ni tan siquiera mantienen contacto regular, y con un número no menor ni tan siquiera irían a tomar un café. De ahí frases a medio camino entre el sarcasmo y el horror: 200 “tuentiamigos” y nadie para echar una cerveza; o “los amigos en Tuenti no son como los pokémon, no tienes que hacerte con todos”. Frases que provocan la risa, pero que esconden una dolorosa y evidente verdad.

Luego la repercusión de esta obsesiva “cibervida” se hace evidente en la vida real: gente que ha perdido la voz, que son incapaces de decir lo que sienten, de exteriorizar sus estados de ánimo si no hay un teclado, una pantalla y una ristra de emoticonos de por medio. Se ha perdido el valor de la franqueza, de tener el coraje y la sangre fría de decirse las cosas a la cara, sin mascaradas ni tapujos, esperando, después de haber pasado horas juntos, a poder conectarse al messenger, al facebook, al tuenti o a “comosellameeldichosoprogramitadelasnarices” para decirse todo lo que no han tenido el valor de decirse a la cara.

No pretendo con este artículo satanizar ni convertir en cabeza de turco de los males de nuestra sociedad a estas redes sociales y nuevos medios de comunicación, dado que hay una serie de beneficios que son claros y que ahí están, sino advertir de unos efectos secundarios y de una serie de “daños colaterales” que pueden derivarse de un uso indebido, y de los que he sido testigo directo.

Un abrazo, viperiner@s.

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